Sapiens. De animales a dioses
Una historia de cómo las ficciones que nos contamos -dinero, naciones, dioses- nos hicieron dueños del planeta.
La vida de un cazador-recolector promedio era, en ciertos aspectos, envidiable. Trabajaba menos horas que nosotros, su dieta era rica y variada, y su cuerpo estaba más adaptado a un movimiento constante que a una silla de oficina. Sufría menos enfermedades infecciosas y su día a día, aunque peligroso, era un tapiz de estímulos sensoriales y desafíos inmediatos. Ahora, comparemos esa existencia con la de su descendiente, el primer agricultor. Encadenado a un trozo de tierra, con la espalda rota por el esfuerzo de arar y cosechar. Su dieta, de repente, se basaba en un único cereal, y su mente estaba ocupada por una ansiedad desconocida para sus ancestros: la preocupación por la sequía, las plagas, el futuro.
La agricultura no fue un gran salto adelante para el bienestar del individuo. Fue una trampa. Una estafa brillante perpetrada no por otros humanos, sino por un puñado de plantas como el trigo, el arroz y las patatas.
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