David Allen no es un filósofo de la productividad, sino un arquitecto de sistemas. Su nombre es sinónimo de GTD (Getting Things Done), el método que definió una era de la gestión personal antes de que las apps lo convirtieran en un mercado millonario. Donde otros ofrecían inspiración, Allen propuso un sistema integral, casi mecánico, para gestionar el flujo de trabajo.
Su tesis central es contraintuitiva: para tener el control, primero hay que dejar de intentar controlarlo todo mentalmente. El cerebro, sostiene Allen, es una herramienta para tener ideas, no para almacenarlas. GTD es un método riguroso para externalizar cada compromiso, tarea o idea en un sistema externo de confianza. A diferencia de enfoques que parten de grandes metas, el suyo es un sistema de abajo arriba: gestiona el caos del día a día para liberar espacio mental y poder pensar con claridad en lo importante.
Aunque algunas de sus herramientas originales han sido superadas por la tecnología, los principios de Allen sobre la captura, el procesamiento y la revisión semanal son la gramática sobre la que se construye gran parte del software y los métodos de productividad actuales. Leerlo es entender el origen de la conversación.